El arte de mantener un equilibrio vs. El juego de la vida
Limpiando y Abriendo Conciencias
EL ARTE DE MANTENER UN EQUILIBRIO vs. EL JUEGO DE LA VIDA
EL ARTE DE MANTENER UN EQUILIBRIO
La razón por la que queremos entender cómo funciona nuestra mente es para que podamos crear un equilibrio entre nuestro mundo interno (pensamientos, sentimientos, impresiones) y nuestro mundo externo (palabras, acciones, comportamientos, relaciones, etc.)
El equilibrio es la base para la armonía en todos los aspectos de la vida: en el universo, en la naturaleza, en el entorno, en la sociedad, en la familia e incluso en el individuo. No importa cuán bueno o beneficioso sea algo, si no lo entendemos y pasamos sus límites se convierte en algo que finalmente causa daño (por ejemplo, la buena comida). Muy a menudo tendemos a realizar un exceso de cosas y vamos a los extremos; mantener un equilibrio requiere un claro entendimiento de cuando hacer algo y cuando no hacerlo, cuando empezar y cuando parar. A esto también lo llamamos la habilidad de discernir y de tomar decisiones, que es la tarea de nuestro intelecto. Un intelecto claro tiene objetividad y nos da una amplia perspectiva en nuestra actitud hacia los demás y las situaciones, de esta forma uno puede fácilmente mantener el equilibrio interior y exterior.
Cuando hablamos de equilibrio no nos referimos a equilibrio entre lo positivo y lo negativo sino equilibrio solo entre aspectos positivos que son opuestos uno con otro. Por ejemplo, el equilibrio entre la tolerancia y la valentía, o entre el amor y el desapego, o entre la paciencia y la determinación, o ser preciso y a la vez estar libre de preocupaciones, o ser activo y silencioso. Vamos a tomar el ejemplo de la tolerancia y la valentía. Todos sabemos lo importante que es la virtud de la tolerancia, que tan a menudo es necesaria en nuestra vida diaria para evitar conflictos y para permanecer en paz con nosotros mismos. Con tolerancia somos capaces de aceptar las diferencias que existen y no tenemos miedo de ellas. La tolerancia viene del entendimiento de que cada persona es como un actor que representa su papel propio e individual y de comprender que yo tengo que representar mi propio papel lo mejor que puedo. La tolerancia nos capacita a aprender de cada situación, incluso aunque parezca muy negativa, ya que mediante la tolerancia aprendemos a no reaccionar negativamente, permitiéndolos así ver el beneficio que está escondido en esa pérdida. Sin embargo, si nos excedemos de tolerancia, entonces el resultado es que nos hacemos apáticos, indiferentes, despreocupándonos de lo que sucede. La razón por la que la tolerancia puede llegar a un extremo, es decir, a la indiferencia, es debido a que no la hemos equilibrado con la valentía (afrontar a los demás o a las situaciones) y ser activo. Muy a menudo es necesario que digamos nuestra opinión acerca de algo que es erróneo pero por falta de autoconfianza, un poco de inseguridad o por tener miedo a la reacción de los demás, preferimos mantener silencio y no hacer o decir nada.
No hacer o no decir por miedo a lo que los demás dirán eso no es tolerancia. Aunque es muy importante que digamos nuestra opinión claramente sobre algo que no nos gusta o que no estamos de acuerdo, aún así tenemos que poner atención que lo hagamos con buenos sentimientos y sin arrogancia e imposición. Ya que si la ira, la irritación o el odio están detrás de nuestras palabras entonces la otra persona no lo escuchará, pensando en que la queremos corregir. Por eso, necesitamos ser capaces de ver el momento adecuado para decir algo y también cómo decirlo de manera que pueda haber comunicación. Si por ejemplo, alguien está enfadado con nosotros e intentamos en ese momento decirle que lo esta haciendo mal, entonces es imposible hacerle comprender. Es más sabio esperar el momento adecuado cuando la persona esté calmada y entonces hablarle sin malos sentimientos. Ya que tolerancia no significa aceptarlo todo a ciegas, sino por el contrario, entender y cambiar lo que puedo y aceptar lo que no puedo cambiar. Otro equilibrio importante en la vida es el de ser amoroso y desapegado al mismo tiempo. Si mantenemos este equilibrio podemos ser amorosos con los demás y a la vez estar libres de desacuerdos y preocupaciones.
El amor probablemente es el valor más elevado que todos los seres humanos desean experimentar desde el momento del nacimiento hasta la muerte. El amor verdadero y desinteresado se ha hecho tan escaso que la mayoría de la gente no cree en su existencia. Por amor verdadero entendemos la capacidad de respetar a los demás tal como son y ser capaces de dar sin esperar un retorno de lo que se ha dado. El verdadero amor da libertad y nos crea el espacio para crecer y expresar nuestra individualidad. A menudo, sin embargo, no mantenemos la distancia adecuada entre nosotros y aquellos a quienes amamos y entonces en lugar de dar desinteresadamente empezamos a tener expectativas a poseer y a exigir. Es cuando confundimos el amor con el apego que creamos ataduras hacia nosotros mismos y con los demás. El apego significa que no respetamos la libertad de los demás e incluso peor, desarrollamos el sentimiento de posesividad con los demás. El signo de este apego o posesividad es que habrá miedo, preocupaciones, inseguridad, celos y finalmente sufrimiento. Este amor malentendido no sólo destruye la amistad y las relaciones en general sino que nos hace perder el respeto por nosotros mismos. Por supuesto que necesitamos también amor y respeto pero nunca podemos recibirlo pidiéndolo o esperándolo de los demás o dándolo por sentado en nuestras relaciones.
Es cuando empezamos dar estas cosas que automáticamente las recibimos. Cuanto más demos más recibiremos, pero tenemos que dar de forma altruista, sin expectativas de recibir un retorno, de otra forma puede que demos mucho y no recibamos nada. Solo podemos dar desinteresadamente cuando primero descubrimos que tenemos estas cualidades en nuestro interior y cuando nosotros primero las experimentamos. También viendo el lado positivo en los demás somos capaces de darles respeto y consideración. Si tomamos el ejemplo de una madre, ella trata de hacer crecer a sus hijos y educarlos lo mejor posible; cuida amorosamente de ellos y olvida sus errores por amor. Ella constantemente da mucho, pero ¿qué ocurre si el resultado final no es el que ella esperaba, si su hijo no toma todos los buenos consejos que le ha estado dando y sigue sus propias ideas (erróneas)? Lo que ocurre a menudo en tales casos es que la madre tiene una conciencia negativa pensando que no fue lo suficientemente buena, o culpará o acusará a sus hijos por ser tan desagradecidos. En ambos casos, ella no ha entendido una ley básica y eterna que es: “no importa cuanto demos a alguien, depende de él cuanto quiere tomar”. De la misma forma, como esta madre, nuestra tarea es la de ser capaces de tener pensamientos positivos y sentimientos de cooperación hacia los demás, pero no es nuestra tarea el preocuparnos por cuanto quieren tomar o no, o culparlos si no toman nada. Cada uno es libre de escoger para sí mismo qué quiere hacer y hasta qué punto. Lo importante es que yo esté haciendo lo que es correcto; revisar esto es mi primer deber.
El equilibrio más importante es el de los pensamientos, palabras y acciones. O en otras palabras, el equilibrio entre el mundo interior y el mundo exterior. Solo cuando hablamos lo que pensamos y hacemos lo que decimos puede empezar a crecer en nosotros el autorespeto y la autoconfianza. Cuando mi entendimiento, mis experiencias y mis acciones son uno, entonces puede haber armonía y estabilidad interior. Y sólo cuando estamos estables los demás pueden confiar en nosotros. Ni los demás no pueden confiar en mí ni yo no puedo tener fe en mí mismo si un día estoy en paz y coopero y al día siguiente estoy enfadado y de mal humor.
Probablemente fe en nosotros mismos es la fe más difícil de tener. Es fácil tener fe en Dios, por lo menos cuando tenemos problemas o tenemos necesidad. Es fácil también tener fe en los demás si nos ayudan. Pero para desarrollar fe en nosotros mismos necesitamos poner atención a no repetir el mismo error por segunda vez. La hipocresía, es decir, hablar una cosa y hacer otra es lo que destruye la fe y la confianza en mí mismo y la fe de los demás en mí. La honestidad conmigo mismo es muy importante para ser capaz de crear ese equilibrio interior entre pensamientos, palabras y acciones. La honestidad hace que haya claridad y sencillez en todo; no hay complicaciones ni confusiones. El equilibrio es una función especial del intelecto ya que es solo mediante el entendimiento de lo que se necesita, cuándo se necesita y hasta qué punto, que nuestra vida podrá ser positiva y con contentamiento.
Hemos hablado del equilibrio entre tolerancia y valentía, amor y desapego, los cuales nos ayudan mucho en nuestras actividades diarias. Otro equilibrio es entre la determinación y la paciencia. Necesito determinación para conseguir una meta. No dejo que las distracciones me alejen de lo que me he fijado hacer. Esa firmeza es muy admirable, sin embargo, llevada al extremo, esa determinación se convierte en cabezonería y, con terquedad la persona se olvida del arte de escuchar a los demás y no permanece fácil ni flexible. La determinación, para que sea correcta, tiene que ir equilibrada con la paciencia. Paciencia significa cambiar y seguir un objetivo pero sin presión. La paciencia me enseña que no todo depende de mí; a menudo tengo que esperar, tengo que tolerar situaciones y personas mientras intento conseguir mi objetivo. La paciencia es calma y quietud, permitiendo que el gran factor del tiempo juegue su parte.
El jardinero tiene la determinación de plantar un hermoso jardín y hace todos los arreglos adecuados, sin embargo necesita paciencia. El sol, la tierra, las estaciones, el tiempo, todos tienen su papel que representar e incluso las semillas mismas germinan a su propio tiempo. El jardinero no puede insistir para que todas germinen juntas y den el mismo perfume. La paciencia es una gran virtud, pero en su extremo puede convertirse en descuido y pereza. “Mañana, mañana”, “no tengo prisa”, algunas veces tales frases pueden nacer de la pereza más que de la sabiduría. Así que de estos ejemplos, podéis ver como cada una de las situaciones de la vida requiere un número de virtudes trabajando al mismo tiempo para que haya éxito.
¿Podéis pensar en otros equilibrios importantes y necesarios para un estilo de vida positivo y con contentamiento?
Para mantener cualquier equilibrio es importante interiorizarnos y tomar poder de nuestras fuerzas interiores y después utilizar ese poder en los patrones de pensamientos, palabras y acciones que creamos. No vamos hacia dentro para quedarnos allí, sino para descubrir aquello que falta en nuestras vidas. Es en el verdadero y profundo silencio que emergemos de nuevo el poder para mejorarnos a nosotros mismos.
EL JUEGO DE LA VIDA
¿Cuáles son algunas de las características de un juego?
A) Cada jugador debe conocer exactamente su posición, papel y responsabilidades.
B) Cada jugador debe conocer la posición exacta, el papel y las responsabilidades de los demás en su equipo.
C) Normalmente hay un equipo de jugadores; cada miembro del equipo necesita cooperar completamente con el otro, de lo contrario no puede haber victoria.
D) Cada jugador debe conocer la meta y el objetivo del juego.
E) No hay dos jugadores en un equipo que tengan exactamente la misma función.
F) Hay leyes y reglas para cada juego. Romper o desafiar una regla en particular supone una penalización, una pérdida de algún tipo.
G) A menudo los juegos tienen un árbitro, alguien que no está jugando pero que observa el juego asegurándose de que se juega de acuerdo a las reglas.
H) Se necesita mucho entrenamiento para perfeccionar el arte del juego y, en particular, el papel de uno dentro del juego.
La vida humana es similar a un juego. Cada persona es un jugador que tiene un papel específico que desempeñar. Cuando hay el reconocimiento del ser o autoconocimiento de mi papel entonces puedo jugar correctamente en el juego de la vida, es decir, con contentamiento, propósito y éxito. El éxito me da felicidad y realización y, mis interacciones con los demás son positivas y no están llenas de negatividad como la ira, desconfianza, celos egoísmo, etc. Otra imagen que también podemos utilizar para describir la vida humana es la de un teatro. La vida es una obra de teatro y cada ser humano es un actor que interpreta su papel.
La esencia del tema, sea que veamos la vida como un juego o como una obra, es que cada uno debe conocerse a sí mismo y su papel, de lo contrario las interacciones, es decir, las relaciones con los demás son confusas y alteradas. También, para una interacción correcta con los demás jugadores, necesito conocer qué es lo que son y cuál es su papel; necesito valorar y respetar, eso si queremos relacionarnos los unos con los otros con facilidad, flexibilidad y tolerancia. También dijimos que dos jugadores de un equipo o dos actores no pueden tener exactamente la misma parte que interpretar. Esto también es una regla para la vida: cada uno de nosotros es un individuo único interpretando un papel único. Si yo no entiendo, valoro o aprecio mi propio papel, entonces me comparo a mí mismo con los demás y desarrollo un tipo de pensamientos y hábitos negativos, tales como culpar a los demás por mi propia falta de felicidad o paz, también celos, competitividad, incluso se desarrollan complejos de inferioridad y depresión. Cando estas actitudes entran en la conciencia, significa que otra regla o ley básica del juego de la vida ha sido olvidada, que es: Cada persona en el juego tiene su papel distinto e individual a interpretar, al igual que yo. Cuando nos olvidamos de nosotros mismos, fácilmente nos olvidamos de esta regla. El resultado es que una observación excesiva de los demás así como analizarles provoca una “crisis de identidad” dentro del ser. “Debería ser yo así; debería hablar como éste, debería...” Yo soy yo mismo; debo aprender el arte del autoconocimiento. A partir de este primer paso al interior del ser se inician unas relaciones sanas con los demás.
Por supuesto, aunque uno necesita apreciar y valorar al ser, no debería haber ego: “Soy esto, soy eso, tengo este talento, esta posición social, etc. etc.” Tal ego, que está basado en un entendimiento limitado del ser, significa perder el juego. Tal falta de autoconocimiento significa que no puedo jugar con precisión, facilidad ni éxito. Los objetivos más importantes de la vida son las experiencias del amor y la felicidad; una persona egoísta nunca puede experimentar estas cualidades porque el amor, respeto y felicidad sólo pueden ser dados libremente desde los corazones de los demás, no pueden pedirse o tener expectativas sobre ellos. Una persona con complejo de inferioridad ni puede ganar el amor ni el respeto de los demás, sólo pena o compasión en el mejor de los casos. Para ir más allá del sentido de superioridad e inferioridad hay otra regla: “Nunca pensar que yo soy todo, nunca pensar que no soy nada”. Mantener siempre reconocimiento de que existo, por lo tanto tengo algún valor y sea lo que sea tengo que dejar desarrollarme y así utilizar de manera altruista para el beneficio de los demás. Esta actitud automáticamente trae consigo felicidad y beneficio para el ser. Lo que se comparte es lo que tiene valor.
La libertad es un ingrediente esencial para experimentar felicidad. Cuando hay un amor y respeto verdaderos por los demás, automáticamente tal persona utiliza su libertad con un sentido de responsabilidad; sabe no infringir en los derechos de otro porque este también tiene derecho, tiene un papel que interpretar, tiene un valor y por encima de todo, también tiene un derecho a la libertad.
Una persona irresponsable nunca es libre; irresponsable significa el que usa mal su propia libertad o restringe la libertad de los demás debido al egoísmo o al ego. Tal persona nunca es libre ella misma porque siempre tiene que pagar el efecto de tal actitud y tales acciones. Las consecuencias pueden ser en forma de soledad, falta de amor, vacío interior, depresión, etc. La libertad y la responsabilidad son las dos caras de una moneda y son absolutamente inseparables. Es una regla fundamental de todas las relaciones e interacciones humanas. En otras palabras es la ley del karma, que enunciada de una forma sencilla dice que por cada acción hay una reacción igual y opuesta. Opuesta significa opuesta en dirección. Lo que yo doy a los demás sea bueno o malo, es lo que recibiré. Somos libres de elegir, pero cada elección que hago lleva consigo una responsabilidad personal y unas consecuencias.
¿Cómo puedo interpretar el juego de la vida con éxito, interactuando con los demás con positividad mediante el hecho de mantener tanto mi autorespeto como el dar respeto a los demás?
El primer paso, como se ha mencionado, es conocer ¿Quién soy yo? Y ¿Cuál es mi papel?
Sin autoconocimiento preciso el juego está ciertamente perdido. Hemos estado hablando de un punto de energía y de la mente, intelecto e impresiones. Ahora voy a entender que yo soy este punto de energía eterna al que se le llama alma y que dentro de mí, el alma, está la mente, el intelecto y las impresiones, las tres energías que constituyen la conciencia humana. ¿Quién soy yo? Soy un ser eterno, pienso, decido, siento, actúo. Yo soy un alma, un actor dentro de este traje físico, el cuerpo, y estoy interpretando mi papel, en el escenario del mundo. Yo no soy este traje de materia sino que lo utilizo y lo necesito para interpretar mi papel.
Cuando me entiendo a mí mismo como un ser eterno, entiendo que tengo recursos de energía eternos en mi interior, es decir, paz, amor, felicidad, verdad. Puesto que soy eterno y tengo cualidades eternas, no importa cuán escondidas pueda parecer que están, entonces entiendo que las demás personas son lo mismo. Nosotros, como actores eternos, estamos en un juego, en esta obra juntos. Con esta conciencia de mi individualidad y del respeto por la individualidad eterna de los demás, el juego de la vida puede jugarse correctamente, con armonía. Sin embargo, cuando me hago “consciente del traje” me siento como que si fuera solo el cuerpo, eso crea actitudes y emociones negativas tales como el odio, los celos, los complejos de superioridad o inferioridad, el ego, etc. Así que cuando se pierde la verdadera identidad del actor o jugador, entonces nuestras interacciones con los demás se vuelven confusas, negativas y nos cansan. Volver a jugar el juego de la vida correctamente significa que la paz y la armonía reinarán en el individuo y a nivel global. Todos queremos paz pero necesitamos estabilizarnos en el punto correcto y este es en el interior del ser. Necesito volver a la identidad original, donde todos somos lo mismo: puntos de luz eterna, seres individuales, todos tenemos un derecho a estar aquí. Con este conocimiento del ser interno, uno desarrolla una gran fortaleza interior y con ella es capaz de superar muchos obstáculos y negatividades de la vida. Cuando más estable estoy en mi autoconocimiento más fácil es para mí ser tolerante, flexible y paciente. El éxito de mi papel en el juego de la vida depende de esto.
Fuente: Prof.Anthony Strano
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Nota: El editor de 'Limpiando y Abriendo Conciencias' se complace en incluir en su programaciòn esta composiciòn en base al excelente trabajo de investigaciòn del Prof. Anthony Strano publicado en su libro "El Potencial del Pensamiento Positivo."
Caracas, 21:06 Horas, sàbado, Abril 21 de 2007
EL ARTE DE MANTENER UN EQUILIBRIO vs. EL JUEGO DE LA VIDA
EL ARTE DE MANTENER UN EQUILIBRIO
La razón por la que queremos entender cómo funciona nuestra mente es para que podamos crear un equilibrio entre nuestro mundo interno (pensamientos, sentimientos, impresiones) y nuestro mundo externo (palabras, acciones, comportamientos, relaciones, etc.)
El equilibrio es la base para la armonía en todos los aspectos de la vida: en el universo, en la naturaleza, en el entorno, en la sociedad, en la familia e incluso en el individuo. No importa cuán bueno o beneficioso sea algo, si no lo entendemos y pasamos sus límites se convierte en algo que finalmente causa daño (por ejemplo, la buena comida). Muy a menudo tendemos a realizar un exceso de cosas y vamos a los extremos; mantener un equilibrio requiere un claro entendimiento de cuando hacer algo y cuando no hacerlo, cuando empezar y cuando parar. A esto también lo llamamos la habilidad de discernir y de tomar decisiones, que es la tarea de nuestro intelecto. Un intelecto claro tiene objetividad y nos da una amplia perspectiva en nuestra actitud hacia los demás y las situaciones, de esta forma uno puede fácilmente mantener el equilibrio interior y exterior.
Cuando hablamos de equilibrio no nos referimos a equilibrio entre lo positivo y lo negativo sino equilibrio solo entre aspectos positivos que son opuestos uno con otro. Por ejemplo, el equilibrio entre la tolerancia y la valentía, o entre el amor y el desapego, o entre la paciencia y la determinación, o ser preciso y a la vez estar libre de preocupaciones, o ser activo y silencioso. Vamos a tomar el ejemplo de la tolerancia y la valentía. Todos sabemos lo importante que es la virtud de la tolerancia, que tan a menudo es necesaria en nuestra vida diaria para evitar conflictos y para permanecer en paz con nosotros mismos. Con tolerancia somos capaces de aceptar las diferencias que existen y no tenemos miedo de ellas. La tolerancia viene del entendimiento de que cada persona es como un actor que representa su papel propio e individual y de comprender que yo tengo que representar mi propio papel lo mejor que puedo. La tolerancia nos capacita a aprender de cada situación, incluso aunque parezca muy negativa, ya que mediante la tolerancia aprendemos a no reaccionar negativamente, permitiéndolos así ver el beneficio que está escondido en esa pérdida. Sin embargo, si nos excedemos de tolerancia, entonces el resultado es que nos hacemos apáticos, indiferentes, despreocupándonos de lo que sucede. La razón por la que la tolerancia puede llegar a un extremo, es decir, a la indiferencia, es debido a que no la hemos equilibrado con la valentía (afrontar a los demás o a las situaciones) y ser activo. Muy a menudo es necesario que digamos nuestra opinión acerca de algo que es erróneo pero por falta de autoconfianza, un poco de inseguridad o por tener miedo a la reacción de los demás, preferimos mantener silencio y no hacer o decir nada.
No hacer o no decir por miedo a lo que los demás dirán eso no es tolerancia. Aunque es muy importante que digamos nuestra opinión claramente sobre algo que no nos gusta o que no estamos de acuerdo, aún así tenemos que poner atención que lo hagamos con buenos sentimientos y sin arrogancia e imposición. Ya que si la ira, la irritación o el odio están detrás de nuestras palabras entonces la otra persona no lo escuchará, pensando en que la queremos corregir. Por eso, necesitamos ser capaces de ver el momento adecuado para decir algo y también cómo decirlo de manera que pueda haber comunicación. Si por ejemplo, alguien está enfadado con nosotros e intentamos en ese momento decirle que lo esta haciendo mal, entonces es imposible hacerle comprender. Es más sabio esperar el momento adecuado cuando la persona esté calmada y entonces hablarle sin malos sentimientos. Ya que tolerancia no significa aceptarlo todo a ciegas, sino por el contrario, entender y cambiar lo que puedo y aceptar lo que no puedo cambiar. Otro equilibrio importante en la vida es el de ser amoroso y desapegado al mismo tiempo. Si mantenemos este equilibrio podemos ser amorosos con los demás y a la vez estar libres de desacuerdos y preocupaciones.
El amor probablemente es el valor más elevado que todos los seres humanos desean experimentar desde el momento del nacimiento hasta la muerte. El amor verdadero y desinteresado se ha hecho tan escaso que la mayoría de la gente no cree en su existencia. Por amor verdadero entendemos la capacidad de respetar a los demás tal como son y ser capaces de dar sin esperar un retorno de lo que se ha dado. El verdadero amor da libertad y nos crea el espacio para crecer y expresar nuestra individualidad. A menudo, sin embargo, no mantenemos la distancia adecuada entre nosotros y aquellos a quienes amamos y entonces en lugar de dar desinteresadamente empezamos a tener expectativas a poseer y a exigir. Es cuando confundimos el amor con el apego que creamos ataduras hacia nosotros mismos y con los demás. El apego significa que no respetamos la libertad de los demás e incluso peor, desarrollamos el sentimiento de posesividad con los demás. El signo de este apego o posesividad es que habrá miedo, preocupaciones, inseguridad, celos y finalmente sufrimiento. Este amor malentendido no sólo destruye la amistad y las relaciones en general sino que nos hace perder el respeto por nosotros mismos. Por supuesto que necesitamos también amor y respeto pero nunca podemos recibirlo pidiéndolo o esperándolo de los demás o dándolo por sentado en nuestras relaciones.
Es cuando empezamos dar estas cosas que automáticamente las recibimos. Cuanto más demos más recibiremos, pero tenemos que dar de forma altruista, sin expectativas de recibir un retorno, de otra forma puede que demos mucho y no recibamos nada. Solo podemos dar desinteresadamente cuando primero descubrimos que tenemos estas cualidades en nuestro interior y cuando nosotros primero las experimentamos. También viendo el lado positivo en los demás somos capaces de darles respeto y consideración. Si tomamos el ejemplo de una madre, ella trata de hacer crecer a sus hijos y educarlos lo mejor posible; cuida amorosamente de ellos y olvida sus errores por amor. Ella constantemente da mucho, pero ¿qué ocurre si el resultado final no es el que ella esperaba, si su hijo no toma todos los buenos consejos que le ha estado dando y sigue sus propias ideas (erróneas)? Lo que ocurre a menudo en tales casos es que la madre tiene una conciencia negativa pensando que no fue lo suficientemente buena, o culpará o acusará a sus hijos por ser tan desagradecidos. En ambos casos, ella no ha entendido una ley básica y eterna que es: “no importa cuanto demos a alguien, depende de él cuanto quiere tomar”. De la misma forma, como esta madre, nuestra tarea es la de ser capaces de tener pensamientos positivos y sentimientos de cooperación hacia los demás, pero no es nuestra tarea el preocuparnos por cuanto quieren tomar o no, o culparlos si no toman nada. Cada uno es libre de escoger para sí mismo qué quiere hacer y hasta qué punto. Lo importante es que yo esté haciendo lo que es correcto; revisar esto es mi primer deber.
El equilibrio más importante es el de los pensamientos, palabras y acciones. O en otras palabras, el equilibrio entre el mundo interior y el mundo exterior. Solo cuando hablamos lo que pensamos y hacemos lo que decimos puede empezar a crecer en nosotros el autorespeto y la autoconfianza. Cuando mi entendimiento, mis experiencias y mis acciones son uno, entonces puede haber armonía y estabilidad interior. Y sólo cuando estamos estables los demás pueden confiar en nosotros. Ni los demás no pueden confiar en mí ni yo no puedo tener fe en mí mismo si un día estoy en paz y coopero y al día siguiente estoy enfadado y de mal humor.
Probablemente fe en nosotros mismos es la fe más difícil de tener. Es fácil tener fe en Dios, por lo menos cuando tenemos problemas o tenemos necesidad. Es fácil también tener fe en los demás si nos ayudan. Pero para desarrollar fe en nosotros mismos necesitamos poner atención a no repetir el mismo error por segunda vez. La hipocresía, es decir, hablar una cosa y hacer otra es lo que destruye la fe y la confianza en mí mismo y la fe de los demás en mí. La honestidad conmigo mismo es muy importante para ser capaz de crear ese equilibrio interior entre pensamientos, palabras y acciones. La honestidad hace que haya claridad y sencillez en todo; no hay complicaciones ni confusiones. El equilibrio es una función especial del intelecto ya que es solo mediante el entendimiento de lo que se necesita, cuándo se necesita y hasta qué punto, que nuestra vida podrá ser positiva y con contentamiento.
Hemos hablado del equilibrio entre tolerancia y valentía, amor y desapego, los cuales nos ayudan mucho en nuestras actividades diarias. Otro equilibrio es entre la determinación y la paciencia. Necesito determinación para conseguir una meta. No dejo que las distracciones me alejen de lo que me he fijado hacer. Esa firmeza es muy admirable, sin embargo, llevada al extremo, esa determinación se convierte en cabezonería y, con terquedad la persona se olvida del arte de escuchar a los demás y no permanece fácil ni flexible. La determinación, para que sea correcta, tiene que ir equilibrada con la paciencia. Paciencia significa cambiar y seguir un objetivo pero sin presión. La paciencia me enseña que no todo depende de mí; a menudo tengo que esperar, tengo que tolerar situaciones y personas mientras intento conseguir mi objetivo. La paciencia es calma y quietud, permitiendo que el gran factor del tiempo juegue su parte.
El jardinero tiene la determinación de plantar un hermoso jardín y hace todos los arreglos adecuados, sin embargo necesita paciencia. El sol, la tierra, las estaciones, el tiempo, todos tienen su papel que representar e incluso las semillas mismas germinan a su propio tiempo. El jardinero no puede insistir para que todas germinen juntas y den el mismo perfume. La paciencia es una gran virtud, pero en su extremo puede convertirse en descuido y pereza. “Mañana, mañana”, “no tengo prisa”, algunas veces tales frases pueden nacer de la pereza más que de la sabiduría. Así que de estos ejemplos, podéis ver como cada una de las situaciones de la vida requiere un número de virtudes trabajando al mismo tiempo para que haya éxito.
¿Podéis pensar en otros equilibrios importantes y necesarios para un estilo de vida positivo y con contentamiento?
Para mantener cualquier equilibrio es importante interiorizarnos y tomar poder de nuestras fuerzas interiores y después utilizar ese poder en los patrones de pensamientos, palabras y acciones que creamos. No vamos hacia dentro para quedarnos allí, sino para descubrir aquello que falta en nuestras vidas. Es en el verdadero y profundo silencio que emergemos de nuevo el poder para mejorarnos a nosotros mismos.
EL JUEGO DE LA VIDA
¿Cuáles son algunas de las características de un juego?
A) Cada jugador debe conocer exactamente su posición, papel y responsabilidades.
B) Cada jugador debe conocer la posición exacta, el papel y las responsabilidades de los demás en su equipo.
C) Normalmente hay un equipo de jugadores; cada miembro del equipo necesita cooperar completamente con el otro, de lo contrario no puede haber victoria.
D) Cada jugador debe conocer la meta y el objetivo del juego.
E) No hay dos jugadores en un equipo que tengan exactamente la misma función.
F) Hay leyes y reglas para cada juego. Romper o desafiar una regla en particular supone una penalización, una pérdida de algún tipo.
G) A menudo los juegos tienen un árbitro, alguien que no está jugando pero que observa el juego asegurándose de que se juega de acuerdo a las reglas.
H) Se necesita mucho entrenamiento para perfeccionar el arte del juego y, en particular, el papel de uno dentro del juego.
La vida humana es similar a un juego. Cada persona es un jugador que tiene un papel específico que desempeñar. Cuando hay el reconocimiento del ser o autoconocimiento de mi papel entonces puedo jugar correctamente en el juego de la vida, es decir, con contentamiento, propósito y éxito. El éxito me da felicidad y realización y, mis interacciones con los demás son positivas y no están llenas de negatividad como la ira, desconfianza, celos egoísmo, etc. Otra imagen que también podemos utilizar para describir la vida humana es la de un teatro. La vida es una obra de teatro y cada ser humano es un actor que interpreta su papel.
La esencia del tema, sea que veamos la vida como un juego o como una obra, es que cada uno debe conocerse a sí mismo y su papel, de lo contrario las interacciones, es decir, las relaciones con los demás son confusas y alteradas. También, para una interacción correcta con los demás jugadores, necesito conocer qué es lo que son y cuál es su papel; necesito valorar y respetar, eso si queremos relacionarnos los unos con los otros con facilidad, flexibilidad y tolerancia. También dijimos que dos jugadores de un equipo o dos actores no pueden tener exactamente la misma parte que interpretar. Esto también es una regla para la vida: cada uno de nosotros es un individuo único interpretando un papel único. Si yo no entiendo, valoro o aprecio mi propio papel, entonces me comparo a mí mismo con los demás y desarrollo un tipo de pensamientos y hábitos negativos, tales como culpar a los demás por mi propia falta de felicidad o paz, también celos, competitividad, incluso se desarrollan complejos de inferioridad y depresión. Cando estas actitudes entran en la conciencia, significa que otra regla o ley básica del juego de la vida ha sido olvidada, que es: Cada persona en el juego tiene su papel distinto e individual a interpretar, al igual que yo. Cuando nos olvidamos de nosotros mismos, fácilmente nos olvidamos de esta regla. El resultado es que una observación excesiva de los demás así como analizarles provoca una “crisis de identidad” dentro del ser. “Debería ser yo así; debería hablar como éste, debería...” Yo soy yo mismo; debo aprender el arte del autoconocimiento. A partir de este primer paso al interior del ser se inician unas relaciones sanas con los demás.
Por supuesto, aunque uno necesita apreciar y valorar al ser, no debería haber ego: “Soy esto, soy eso, tengo este talento, esta posición social, etc. etc.” Tal ego, que está basado en un entendimiento limitado del ser, significa perder el juego. Tal falta de autoconocimiento significa que no puedo jugar con precisión, facilidad ni éxito. Los objetivos más importantes de la vida son las experiencias del amor y la felicidad; una persona egoísta nunca puede experimentar estas cualidades porque el amor, respeto y felicidad sólo pueden ser dados libremente desde los corazones de los demás, no pueden pedirse o tener expectativas sobre ellos. Una persona con complejo de inferioridad ni puede ganar el amor ni el respeto de los demás, sólo pena o compasión en el mejor de los casos. Para ir más allá del sentido de superioridad e inferioridad hay otra regla: “Nunca pensar que yo soy todo, nunca pensar que no soy nada”. Mantener siempre reconocimiento de que existo, por lo tanto tengo algún valor y sea lo que sea tengo que dejar desarrollarme y así utilizar de manera altruista para el beneficio de los demás. Esta actitud automáticamente trae consigo felicidad y beneficio para el ser. Lo que se comparte es lo que tiene valor.
La libertad es un ingrediente esencial para experimentar felicidad. Cuando hay un amor y respeto verdaderos por los demás, automáticamente tal persona utiliza su libertad con un sentido de responsabilidad; sabe no infringir en los derechos de otro porque este también tiene derecho, tiene un papel que interpretar, tiene un valor y por encima de todo, también tiene un derecho a la libertad.
Una persona irresponsable nunca es libre; irresponsable significa el que usa mal su propia libertad o restringe la libertad de los demás debido al egoísmo o al ego. Tal persona nunca es libre ella misma porque siempre tiene que pagar el efecto de tal actitud y tales acciones. Las consecuencias pueden ser en forma de soledad, falta de amor, vacío interior, depresión, etc. La libertad y la responsabilidad son las dos caras de una moneda y son absolutamente inseparables. Es una regla fundamental de todas las relaciones e interacciones humanas. En otras palabras es la ley del karma, que enunciada de una forma sencilla dice que por cada acción hay una reacción igual y opuesta. Opuesta significa opuesta en dirección. Lo que yo doy a los demás sea bueno o malo, es lo que recibiré. Somos libres de elegir, pero cada elección que hago lleva consigo una responsabilidad personal y unas consecuencias.
¿Cómo puedo interpretar el juego de la vida con éxito, interactuando con los demás con positividad mediante el hecho de mantener tanto mi autorespeto como el dar respeto a los demás?
El primer paso, como se ha mencionado, es conocer ¿Quién soy yo? Y ¿Cuál es mi papel?
Sin autoconocimiento preciso el juego está ciertamente perdido. Hemos estado hablando de un punto de energía y de la mente, intelecto e impresiones. Ahora voy a entender que yo soy este punto de energía eterna al que se le llama alma y que dentro de mí, el alma, está la mente, el intelecto y las impresiones, las tres energías que constituyen la conciencia humana. ¿Quién soy yo? Soy un ser eterno, pienso, decido, siento, actúo. Yo soy un alma, un actor dentro de este traje físico, el cuerpo, y estoy interpretando mi papel, en el escenario del mundo. Yo no soy este traje de materia sino que lo utilizo y lo necesito para interpretar mi papel.
Cuando me entiendo a mí mismo como un ser eterno, entiendo que tengo recursos de energía eternos en mi interior, es decir, paz, amor, felicidad, verdad. Puesto que soy eterno y tengo cualidades eternas, no importa cuán escondidas pueda parecer que están, entonces entiendo que las demás personas son lo mismo. Nosotros, como actores eternos, estamos en un juego, en esta obra juntos. Con esta conciencia de mi individualidad y del respeto por la individualidad eterna de los demás, el juego de la vida puede jugarse correctamente, con armonía. Sin embargo, cuando me hago “consciente del traje” me siento como que si fuera solo el cuerpo, eso crea actitudes y emociones negativas tales como el odio, los celos, los complejos de superioridad o inferioridad, el ego, etc. Así que cuando se pierde la verdadera identidad del actor o jugador, entonces nuestras interacciones con los demás se vuelven confusas, negativas y nos cansan. Volver a jugar el juego de la vida correctamente significa que la paz y la armonía reinarán en el individuo y a nivel global. Todos queremos paz pero necesitamos estabilizarnos en el punto correcto y este es en el interior del ser. Necesito volver a la identidad original, donde todos somos lo mismo: puntos de luz eterna, seres individuales, todos tenemos un derecho a estar aquí. Con este conocimiento del ser interno, uno desarrolla una gran fortaleza interior y con ella es capaz de superar muchos obstáculos y negatividades de la vida. Cuando más estable estoy en mi autoconocimiento más fácil es para mí ser tolerante, flexible y paciente. El éxito de mi papel en el juego de la vida depende de esto.
Fuente: Prof.Anthony Strano
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Nota: El editor de 'Limpiando y Abriendo Conciencias' se complace en incluir en su programaciòn esta composiciòn en base al excelente trabajo de investigaciòn del Prof. Anthony Strano publicado en su libro "El Potencial del Pensamiento Positivo."
Caracas, 21:06 Horas, sàbado, Abril 21 de 2007

