UN SOCIALISMO SIN EXCLUSIONES ANTE EL INJUSTO ORDEN NEOLIBERAL
LIMPIANDO Y ABRIENDO CONCIENCIAS
Un socialismo sin exclusiones ante el injusto orden neoliberal
Por: José Galiano
Fecha publicación: 13/06/2008
Un esquemático
diagnóstico de la realidad económica mundial revela que en las tres últimas
décadas -período en que el liberalismo económico no ha tenido obstáculos para
su expansión y su integral aplicación- la pobreza extrema sigue afectando al
25% de la humanidad; su mayor daño en la intensidad de sus efectos y en la
cantidad de víctimas sigue afectando a las naciones en vías de desarrollo y más
duramente, a los países más débiles de América Latina, África y del sur de
Asia. Esta pobreza distribuida en los territorios más vulnerables por razones
naturales y culturales, agrega a las ya sufrientes condiciones de sus pueblos,
la marginalidad que virtualmente estratifica su deprimente situación.
La humanidad está en deuda con esa cuarta parte de sus miembros; y esta deuda
-en un mundo en que los avances científicos han eliminado las distancias, han
reducido los tiempos y han superado los inconvenientes para realizar
actividades y empresas que hace 50 años parecían imposibles- ya no es sólo una
deuda económica, sino también moral. Hay que decirlo de una vez,
categóricamente: la tragedia de la extrema pobreza ya no es consecuencia de la
incapacidad económica ni del insuficiente desarrollo tecnológico; sino de la
indiferencia moral de que adolece la humanidad. Esa indiferencia, pareciera ser
la inspiración de un orden económico basado rigurosamente en el interés
material de cada uno de los agentes del sistema.
¿Cómo encontrar alguna vía que nos aproxime a la solución de este eterno
lastre de la pobreza?
Parece lógico
distinguir, desde luego, entre algunos paliativos de las situaciones más
urgentes; y el modo de abordar el problema bajo el objetivo de eliminarlo
definitivamente.
En relación a lo
primero no puede desconocerse, que se ha intentado por parte de los organismos
especializados de Naciones Unidas, atenuar situaciones extremas de pobreza, que
provocan muertes masivas por hambre. También es cierto que la acción de la FAO,
vinculada a la cooperación de algunos gobiernos y de organizaciones no
gubernamentales, ha conseguido paliativos o soluciones parciales. Pero es
preciso reconocer, que nunca se ha formulado un proyecto concreto que resuelva,
por lo menos los casos de indigencia con riesgos de desnutrición y muerte, en
forma permanente y respecto de todos los territorios cuyos pobladores se
encuentran en esa situación.
¿Qué razones pueden invocarse para descartar un programa de aplicación
ininterrumpida con un propósito tan elemental y de tan extrema exigencia moral?
No puede esgrimirse
un pretexto financiero: si todos los Estados miembros de la ONU destinaran solo
el uno por mil de sus gastos anuales en armamento, el monto acumulado sería más
que suficiente para financiar permanentemente el programa propuesto.
Un segundo problema que se debería abordar con urgencia es el drama del
desempleo en los países del tercer mundo, al menos cuando la cesantía supera el
8% de la población laboral.
Tampoco se trata de
un programa imposible de financiar ni de aplicación inmanejable. La solución al
desempleo, que lo generan las crisis periódicas del régimen neoliberal
globalizado y que por lo mismo, su responsabilidad no suele ser imputable a un
desorden macroeconómico de los países afectados, puede abordarse mediante la
creación de fuentes de trabajo en el territorio afectado o a través de ayudas
financieras que hagan posible el establecimiento de sistemas de subsidio al
desempleo. Ambos caminos son factibles si los Estados se comprometen
universalmente a financiar la creación de una Comisión Ejecutiva que asuma la
aplicación práctica de los programas correspondientes.
Las soluciones en el
largo plazo pasan por abordar el capitalismo clásico y sus consiguientes
secuelas de crisis cíclicas, pobreza extrema, marginalidad e injusticia social;
y considerar que no es el único sistema económico posible en el mundo de hoy; y
que no lo ha sido en la historia de la humanidad. El derrumbe del socialismo
que se aplicó en la Unión Soviética y en la Europa del Este, no fue tampoco el
fracaso de todos los socialismos posibles. La idea socialista está en la
conciencia de todos los seres humanos, capaces de percibir que el pleno
desarrollo personal y la felicidad de vivir, no es posible en medio de una
colectividad aplastada por el sufrimiento. En la utopía socialista hay amor por
la vida, por la vida humana y por la vida propia, en proporciones equivalentes,
o tan próximas, que el valor y la plenitud de la vida individual es
inalcanzable sin el valor de la vida colectiva, ni al margen de la biosfera.
Nuestro colectivismo no descarta el personalismo, pero lo incorpora y lo
inscribe en una noción inseparable de solidaridad.
Si realmente nos asiste la esperanza optimista de una vida mejor, es
requisito ineludible que seamos capaces de reconstruir un socialismo sin
exclusiones, desde una perspectiva de paz, de modo que nuestra lucha por
sustituir el orden injusto sea una lucha de convicciones, de participación en
los valores éticos de una justicia objetiva y racional, basada en el más
sensato y óptimo equilibrio entre la libertad y la igualdad.
Sólo una visión
moral, sinceramente compartida, tolerante y confiable de un socialismo
filosófico amplio, puede construir un socialismo político eficaz, libre y
naturalmente respaldado por pueblos que comprendan generosamente la necesidad
de sus propios deberes como condición de una vida colectiva mejor. Y solo ese
socialismo político podrá levantar, a su vez, un orden económico justo, basado
en el trabajo de todos con la aspiración de una vida sencilla pero digna,
tranquila, compartida, sin exclusiones ni elitismos; sin marginalidad ni
elitismos; sin pobrezas angustiosas; ni tampoco de acumulaciones abusivas de
riqueza, que lleguen a generar formas ilegítimas de poder y soberanía. No es
necesario que sacrifiquemos la libertad responsable para que conquistemos la
auténtica equidad.
Esa utopía social a la que aspiramos, va a ser realidad algún día, porque la
racionalidad humana no se perturba definitivamente; y porque la naturaleza no
es contradictoria y nunca ha sido cómplice de su propia destrucción. No sabemos
cuanto tardará nuestra utopía en adquirir vigencia real; pero es tiempo de
empezar a levantar sus cimientos y parece lógico, que ese trabajo comience en
América Latina, suscribiendo los acuerdos que nos comprometan solidariamente a
defender nuestros intereses, históricamente comunes, como avance previo y
cautelar para abordar unidos la extensa pradera de la globalización que continúa
ocupada por el monstruo fagocitario del neoliberalismo. En esta América es una
instancia idónea y legítima para convocar a la recuperación de esa esperanza.
*) El texto
corresponde a un extracto del trabajo “Vulnerabilidad, pobreza y marginalidad
social”.
José Galiano es Profesor de Ética Jurídica y Derecho Penal. Arena Pública,
Plataforma de Opinión de Universidad Arcis.
Fuente:
http://www.argenpress.info/nota.asp?num=056127&parte=0
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